Posta de Sinsacate, Barranca yaco y Jesús María: tres lugares donde la historia te sale al cruce en el norte cordobés

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By Gaby Jatón

Hay destinos que uno ya conoce y descarta. «Ya fui, ya lo vi.» Gran error. Córdoba es de esos lugares que siempre tienen algo nuevo para mostrarte, no importa cuántas veces hayas recorrido sus rutas.

Camino Real

Y es algo que me pasa siempre con Córdoba. No importa cuántas veces vaya. Siempre aparece algo.

Algo que no estaba en el plan. Algo que no tenía agendado. Algo que, si no doblabas justo en ese camino, no lo ibas a ver nunca.

Este viaje empezó así.

Veníamos recorriendo el norte, después de pasar por Villa Tulumba, con la cabeza llena de historia y esa sensación de estar en un lugar donde el tiempo va más lento. Y en un momento, casi sin pensarlo demasiado, dijimos: vamos por otro lado.

Nada muy estratégico. Más bien intuición.

Y ese «vamos por otro lado» nos metió en el Camino Real.

Posta de Sinsacate

Donde el viaje cambia

No sé bien en qué momento el viaje dejó de ser un recorrido y empezó a sentirse distinto.

Quizás fue cuando apareció esa construcción blanca, grande, en el medio del paisaje. O quizás fue cuando bajamos del motorhome y alguien nos dijo: «Si quieren, les cuento un poco la historia.»

Ahí cambió todo.

La Posta de Sinsacate no es solo linda. No es solo una buena foto. Es uno de esos lugares donde, si alguien te lo explica, empezás a ver mucho más de lo que tenías delante.

Carlos Ferreyra, director del Museo de la Posta de Sinsacate, del monumento de Barranca Yaco y también del Museo de la Estancia Jesuítica de Jesús María, fue quien nos abrió esa puerta. Y lo que parecía una parada más se transformó en una de esas charlas que te quedás escuchando sin mirar el reloj.

Carlos los llama «perlotas», no perlitas. Porque son tres: la Posta de Sinsacate, el monumento de Barranca Yaco y la Estancia Jesuítica de Jesús María. Tres lugares que, en apariencia, están cerca en el mapa. Pero que juntos te cuentan una historia mucho más grande.

Cómo era viajar cuando viajar no era fácil

Hay algo que me quedó dando vueltas después de esa visita.

Nosotros hoy viajamos y pensamos en rutas, tiempos, combustible, paradas. Pero en ese entonces, viajar era otra cosa. No había certezas. No había caminos como los conocemos. Había trayectos largos, riesgos, decisiones que se tomaban sobre la marcha.

Y en ese mundo, las postas eran todo.

Eran el lugar donde cambiabas caballos, donde descansabas, donde comías algo caliente. Pero también eran el lugar donde te enterabas de lo que venía más adelante: si el camino estaba complicado, si había problemas, si convenía seguir o esperar. Las postas estaban distribuidas cada 40 kilómetros, más o menos, y todas tenían requisitos mínimos: el maestro de postas tenía que saber leer, escribir y hacer operaciones básicas; debía tener al menos 50 caballos y dos habitaciones encaladas para dormir. De ahí para arriba, podía ofrecer todos los lujos que quisiera.

Y Sinsacate, según los documentos y las cartas de los viajeros de la época, era de las mejores. La manejó la familia Figueroa durante casi 250 años, con una visión empresarial notable. Tenía habitaciones cuidadas, servicios varios… y hasta una pequeña orquesta de esclavos para recibir a quienes llegaban. Carlos la describe como «las YPF Full de la época». Y la comparación cierra perfecta.

El sistema de los caballos era así: salías de tu punto de partida sin el tuyo. Lo alquilabas en la posta local, llegabas a la siguiente, lo entregabas y tomabas uno nuevo. Y el postillón —un chico de 12 o 16 años— volvía con los caballos a la posta donde los habían alquilado. Para quien tenía urgencia, existía el sistema de «quema caballo»: solo cambiabas el animal cuando ya no daba más. Así se podían cubrir 250 o 300 kilómetros en un día. Así llegó, en 8 días, la noticia de la victoria de Belgrano en Tucumán hasta el gobierno central.

Imaginar el pasado en presente

Mientras caminaba por Sinsacate, trataba de imaginar la escena.

Llegar después de horas —o días— de viaje. Ver esa construcción blanca en el medio de la nada. Saber que ahí podías parar, reorganizarte, seguir. Hay algo en esos lugares que te obliga a frenar. A mirar distinto. A entender que ese espacio, que hoy recorremos en un rato, antes era parte de un viaje mucho más grande.

Un desvío que sigue sumando historia

Después vino Barranca Yaco.

Y ahí el clima cambia.

No es solo un lugar histórico. Es un lugar que se siente.

Siete kilómetros antes de llegar a Sinsacate, el Camino Real tiene una curva y contracurva con agua permanente en el suelo. Eso obligaba a cualquier galera —por más veloz que fuera— a reducir la marcha. Y eso lo sabían muy bien quienes el 16 de febrero de 1835 esperaban ahí a Facundo Quiroga.

Carlos cuenta la historia con un nivel de detalle que hiela. En la comitiva iban Quiroga, su secretario José Santos Ortiz (primer gobernador de San Luis), cuatro acompañantes, guardias, el cochero, un correo extraordinario que se había sumado para viajar más seguro… y dos postillones. José Luis Basualdo, de 12 años, que hacía ese día su primer viaje como aprendiz, y Serafín, de 16, cuyo apellido no quedó registrado en el expediente. Todos fueron asesinados en la emboscada. Inclusive los chicos.

Luis era hijo de León Basualdo, maestro de posta de Ojos de Agua, que se había casado con Ana María Ávila en la capilla de la misma Posta de Sinsacate veinte años antes. Su hijo de 12 años murió en ese mismo camino.

Carlos lo dice sin titubear: el crimen de Barranca Yaco es «el origen de la muerte del federalismo en Argentina».

Hay silencio ahí. Mucho. El tipo de silencio que no es vacío, sino todo lo contrario. Te quedás un rato más de lo que pensabas. Sin hacer mucho. Solo estando.

Estancia de Jesus María

El lugar empezó a marcarse con cruces de palo que los vecinos colocaron desde los primeros días, reemplazándolas cada vez que se deterioraban. En los años veinte, el ACA puso el primer cartelito de hierro fundido. En 1973 se inauguró el primer monolito. Desde entonces, año tras año, el monumento fue creciendo: rejas, mástiles, esculturas, un plaquetario enorme con las nueve cruces que representan a cada víctima. Hace cuatro años, Carlos logró que le pusieran luz. «Estoy seguro que si el monumento fuera de Sarmiento o de Mitre, le hubieran puesto luz el mismo día de la inauguración. Pero como era Quiroga…»

Ahora tiene luz. Y se puede visitar de noche.

Todo estaba conectado

El recorrido siguió hasta la Estancia Jesuítica de Jesús María. Y ahí apareció otra capa del viaje.

Porque lo que uno empieza a entender es que nada de esto estaba aislado. Las postas, las estancias, los caminos… todo formaba parte de un mismo sistema. Un sistema que funcionaba con una lógica muy clara, muy organizada, donde cada lugar tenía un rol.

Jesús María es Patrimonio de la Humanidad. Junto con las estancias de Santa Catalina y Caroya, forma un triángulo jesuítico que se puede recorrer prácticamente en un mismo día, porque los cascos están muy cerca entre sí. Cada una tuvo su especialidad: Jesús María se orientó a la producción de vino, aguardiente y vinagre; Caroya al ganado; Santa Catalina a las mulas, que eran —dice Carlos— «el verdadero oro de la época». Todo lo que producían iba al Colegio Máximo y al Colegio de Montserrat. Era un ecosistema complejo, con una lógica que los jesuitas manejaban con precisión.

Y en ese entender, también aparece lo incómodo.

El edificio gigante de piedra del claustro de Jesús María lo construyeron esclavos. Africanos traídos de África, y sus hijos, y sus nietos. Solo en Córdoba, que tenía unos 40.000 habitantes, los jesuitas llegaron a tener 2.000 esclavos. Los documentos coloniales los listaban en el mismo renglón que las vacas y las mulas. La deuda del mundo con África, dice Carlos, es impagable. No hay FMI ni Banco Mundial dispuesto a saldarla.

Estás parado en un patio de naranjos de 50 metros por 50, con arcadas coloniales y doble altura, una iglesia al lado en un estado de conservación increíble… y de golpe entendés el peso humano que hay detrás de cada piedra. El viaje deja de ser solo lindo. Empieza a ser más profundo.

Posta de Sinsacate

Cómo organizar la visita

Los tres lugares tienen acceso por pavimento o, si preferís, por el propio Camino Real de tierra, que está muy bien conservado y tiene unos faroles que te hacen sentir viajero de otra época.

La Estancia Jesuítica de Jesús María y la Posta de Sinsacate abren de martes a domingo, incluyendo feriados, de 10 a 18 h. Solo cierran los lunes, el 1° de mayo, el 25 de diciembre y el 1° de enero. Los parques abren un poco antes y cierran un poco después, según el clima.

Barranca Yaco no tiene horario. Es un monumento abierto, al aire libre, disponible las 24 horas.

Entrada: gratuita en los tres casos.

Si venís desde el norte, la secuencia natural es Barranca Yaco de paso, luego Sinsacate y después Jesús María. Si venís desde el sur, al revés. Y si podés, organizá el día para llegar a Jesús María con tiempo: yo llegué al atardecer con el portón cerrado y me fui con un montón de ganas de recorrer más. Un buen motivo para volver!

Podés escuchar la ccharla completa con Carlos Ferreyra

Viajar también es esto

A veces pensamos los viajes como una lista de lugares.

Pero hay viajes que no son eso.

Son decisiones pequeñas. Desvíos. Charlas.

Personas que aparecen en el momento justo.

Este fue uno de esos.

El Camino Real no estaba en el plan. Pero terminó siendo el corazón del recorrido.

Y me volvió a confirmar algo que repito bastante, pero que cada vez tiene más sentido: no descartes un destino porque ya fuiste. Porque a veces no se trata del lugar. Se trata del camino que elegís esa vez.

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