La primavera se abre camino y con ella empiezan a aparecer nuevas posibilidades para viajar. No es solamente que cambia el paisaje, también cambia la manera en que podemos disfrutar de algunos destinos, porque cada estación tiene sus propios tiempos y hay lugares que se vuelven especialmente atractivos en determinados momentos del año.

Cada región tiene su momento
El norte, por ejemplo, todavía tiene ese clima que invita a recorrerlo con tranquilidad, porque todavía no llegan las lluvias y los días no son tan cortos ni las noches tan frías. Formosa, Chaco, Misiones y Corrientes todavía no entraron de lleno en las altas temperaturas, y eso permite caminar, recorrer y descubrir sin tener que pelearse con el calor.
Hacia el sur empieza otra historia. Los paisajes comienzan a llenarse de flores y los ríos y arroyos reciben las aguas del deshielo. Es ese momento en que el paisaje empieza a cambiar y, casi sin darnos cuenta, nos recuerda que una nueva estación está llegando.
Cada región tiene su momento, sus colores y sus razones para ser recorrida. Pero si hay algo que para mí tiene un encanto especial en esta época del año, son las termas.
Mi temporada favorita para las termas
Si bien yo disfruto las termas durante todo el año, tengo casi como regla general que cada viaje, en lo posible, termine con un día de termas. Después de varios días de ruta, de caminar, de conocer lugares y de acumular kilómetros, meterme en agua caliente es una de esas pequeñas cosas que para mí hacen que un viaje termine de la mejor manera.

Pero hay algo que me gusta particularmente de hacerlo en primavera. Puedo salir de una pileta de agua caliente y quedarme cobijada bajo el solcito de septiembre, tomar unos mates, leer un buen libro o simplemente sentarme a charlar con esos nuevos amigos que muchas veces aparecen alrededor del picnic.
Y ahí está una de las cosas que más disfruto de estos lugares: las termas tienen tiempo. Nadie parece estar demasiado apurado. Uno se mete al agua, sale, se sienta, conversa, vuelve a entrar y, sin darse cuenta, puede pasar buena parte del día simplemente disfrutando.
Las hay de todo tipo: grandes complejos, otras más pequeñas, algunas muy agrestes y otras dentro de hoteles. No importa, a mí me gustan todas. Algunas cuentan con varias piletas de diferentes temperaturas y otras tienen aguas más saladas, de esas en las que hasta flotás sin ningún esfuerzo. Eso es maravilloso.
Las de Epecuén, María Grande, La Paz y tantas otras tienen sus propias características y también sus propios fanáticos. Yo, particularmente, tengo una costumbre: me gusta meterme en todas. Un ratito en cada una, probando las diferentes temperaturas y, de paso, haciendo sociales.
Las conversaciones que empiezan en una pileta
Es curioso cómo una charla puede comenzar hablando del agua y terminar recorriendo medio país. Alguien cuenta de dónde viene, otro empieza a hablar de un lugar que visitó, aparece una recomendación y, de repente, estás tomando nota mental de un destino que ni siquiera tenías en el mapa.
Y nunca falta quien tiene una verdadera trayectoria termal y te hace un ranking con todos los ítems: cuál tiene el mejor agua, cuál tiene el paisaje más lindo, cuál está más cuidada, cuál tiene mejores instalaciones. Yo escucho atentamente, porque uno nunca sabe cuándo esa conversación puede terminar convirtiéndose en el próximo viaje.
Quizás por eso me gustan tanto las termas. No son solamente un lugar donde uno va a meterse en agua caliente. También son esos pequeños espacios de encuentro que aparecen en los viajes y que muchas veces terminan formando parte de los recuerdos.
Y si me estoy poniendo vieja?
Hay algo que todavía me hace gracia y es que mucha gente relaciona las termas con el turismo para adultos mayores. Incluso aparece esa frase, dicha muchas veces en tono de broma, de que ya te estás poniendo vieja porque te gusta ir a las termas.
Y yo pienso: si me estoy poniendo un poco vieja, qué tiene?
No pasa nada.
Mientras los años estén bien vividos.
Además, las termas no tienen edad. Hay familias, parejas, grupos de amigos, viajeros solos y chicos que disfrutan muchísimo de esas aguas durante todo el año. Lo que cambia es la manera en que cada uno vive la experiencia, pero el placer de quedarse un rato sin apuro parece bastante democrático.
Septiembre tiene algo más

Y quizás por eso me gusta tanto este momento del año. No tenemos feriados, pero tenemos cuatro fines de semana para recorrer algún destino cercano, conocer alguna historia que estaba ahí nomás, hacer un recorrido de avistaje de aves, descubrir un pueblo o simplemente salir a pasar el día.
Dejamos las camperas gruesas del invierno y empezamos a vestirnos un poquito más livianos. Aparecen las flores, los días se alargan, los paisajes empiezan a cambiar y también aparecen nuevas excusas para salir a la ruta.
Yo ya me estoy haciendo mi itinerario de termas, aunque septiembre, como dice el título de este diario de ruta, es temporada de termas y algo más. También es temporada de volver a mirar esos lugares que tenemos cerca y que quizás dejamos para después, de buscar una historia, una fiesta, un paisaje o simplemente un camino por el que todavía no pasamos.
Porque viajar no siempre necesita de muchos días, de un feriado o de cientos de kilómetros. A veces alcanza con mirar el calendario y descubrir que tenemos un fin de semana por delante.
Y vos, qué te sugiere septiembre? ¿Una escapada, una ruta, un pueblo, un avistaje, una visita a ese lugar que hace tiempo tenés pendiente o quizás también unas termas?
Contame qué destino elegirías para esta primavera y sigamos armando juntos ese mapa de pequeños viajes que, al final, son los que hacen que la vida también se sienta un poco más viajada.