Siempre me gusta empezar las entrevistas con los viajeros preguntándoles de dónde nace esa pasión por viajar.
Cuál fue ese momento? Quién les despertó el bichito viajero? Hubo un viaje, una persona, una historia? Y, saben qué? Nunca me había hecho esa misma pregunta.

Hasta ahora.
Porque si pienso en mi infancia, la verdad es que no viajábamos demasiado. Todos los años íbamos a Entre Ríos, a visitar a mis tíos y a mis primos, al campo. Y yo era feliz. Andaba a caballo, aprendía a ordeñar vacas y, a la tarde, nos metíamos en el tanque australiano. Ese piletón enorme, color anaranjado, al lado del molino. Estaba lleno de pececitos de colores y había que caminar con cuidado porque el verdín lo hacía bastante resbaladizo. Pero qué divertido era!
Más allá de esos viajes, no había mar, no había travesías por la montaña, tampoco museos ni grandes ciudades.
Pero durante el año… Durante el año viajaba muchísimo. Viajaba a través de las palabras y de las diapositivas.
Una sala de música que se transformaba en una ventana al mundo

La Señorita Ilda era la Directora de la Escuela Cristo Rey, donde yo iba. Era una mujer culta, curiosa, divertida, distinta. Amaba el arte, la literatura y hasta nos cantaba en francés y hasta llevaba su propia estación meteorológica porque si le dolía el juanete era porque iba a llover. Pero, sobre todo, tenía una enorme generosidad para compartir su conocimiento.
Con los ojos de una niña, yo sentía que sucedía muy seguido, todas las semana, aunque seguramente no haya sido así. Nos llevaba a la sala de música, se apagaban las luces y ese salón se transformaba en una especie de pequeño cine. Entonces empezaban a aparecer las imágenes de sus viajes. Y así conocí el Partenón, la ví caminando por el Coliseo, la acompañé hasta las Cataratas. Y yo soñaba con estar ahí.
Les estoy hablando de los años ’70. Una época en la que viajar no era tan habitual como ahora. No existían las redes sociales, no teníamos un teléfono en el bolsillo para ver una imagen de cualquier lugar del mundo y tampoco era común encontrarse todos los días con alguien posando frente a un sitio icónico.
Cada imagen era una ventana. Y ella no solamente nos mostraba los lugares, nos hablaba de su historia, de la arquitectura, del arte. Nos enseñaba a mirar.
Aprender a mirar

Hay una escena que todavía recuerdo. Un viaje a Buenos Aires. Fuimos hasta Retiro para tener la experiencia de andar en subte. Para nosotros, seguramente, la gran aventura era subirnos a ese transporte que no conocíamos, pero la Srita. Ilda hacía que miráramos un poco más allá.
Mientras todos miraban hacia adelante, ella nos hacía levantar la cabeza. Nos señalaba los techos, los detalles de las estaciones y nos contaba la historia de la construcción del ferrocarril en la Argentina.
Con el tiempo entendí que quizás ahí había otra de sus grandes enseñanzas. Viajar no era solamente llegar a un lugar. Era aprender a mirar. Creo que por eso todavía hoy, cuando camino por una ciudad, muchas veces termino mirando para arriba. Descubriendo una cúpula, un balcón, una fachada. Un detalle que quizás está ahí desde hace 100 años y que muchos pasan de largo.
El campo, el arte, la historia y la naturaleza

Con los años también entendí que mi manera de viajar nació de una mezcla de todas esas cosas que fui incorporando de chica. Del campo y la naturaleza, del arte, de la arquitectura. de la historia. Por eso hoy puedo emocionarme viendo unos caballos pastando al lado de un arroyo, pero también frente a un edificio que lleva más de 100 años contando la historia de un lugar. Puedo detenerme frente a un paisaje y quedarme un rato en silencio. Y también puedo entrar a una ciudad y empezar a mirar sus edificios, sus plazas, sus estaciones, buscando esas pequeñas historias que muchas veces están ahí, esperando que alguien las descubra. Quizás viajar para mí siempre tuvo un poco que ver con eso. Con la curiosidad, con querer saber qué hay detrás de lo que estoy viendo, con no pasar de largo.
La semilla

La Señorita Ilda seguramente marcó la vida de muchísimos de sus alumnos pero en mi caso hizo algo más. Sin saberlo, me contagió el bichito viajero. Me enseñó que se podía viajar mucho antes de subir a un avión. Que una imagen, un relato, una historia podían llevarnos muy lejos. Y, sobre todo, me enseñó a mirar. A mirar un edificio, un paisaje, una obra de arte…
Pero también a mirar con curiosidad. Creo que, sin proponérselo, sembró una semilla que muchos años después terminó convirtiéndose en Viajero Frecuente. Y cada vez que comparto una historia de viaje, me gusta pensar que, de alguna manera, esa semilla sigue creciendo, que sigo haciendo algo parecido a lo que ella hacía en aquella sala de música: abrir una ventana para que alguien, del otro lado, tenga ganas de conocer el mundo.
Quizás por eso me gusta tanto hacer este programa. Porque alguna vez alguien hizo eso conmigo, me abrió una ventana. Me mostró un mundo que todavía no conocía. Y me enseñó a mirar.
Quizás todos llevamos una Señorita Ilda en la mochila.
Alguien que, sin saberlo, nos abrió una ventana al mundo y
nos enseñó que viajar empieza mucho antes de hacer la valija...