El Monumento que todavía miro con los ojos de niña

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By Gaby Jatón

Hay lugares que conocemos de memoria y sin embargo, nunca terminamos de conocer del todo

Esta semana el Monumento Nacional a la Bandera volvió a ser protagonista en Rosario. La inauguración de los Juegos Suramericanos tuvo como escenario este lugar tan ligado a la identidad de la ciudad y, esta vez, la tecnología consiguió que todos lo miráramos de una manera diferente. Lo vi transformarse en las banderas de distintos países, llenarse de colores, de imágenes y de pelotas; lo vi derramar agua sobre ese escenario con forma de bota, como la provincia de Santa Fe, y convertirse en una pantalla gigante sobre la que aparecían los artistas. Pero, sobre todo, lo vi ahí, frente al río, orgulloso, recibiendo a cientos de deportistas y dándoles la bienvenida a mi provincia.

Monumento a la bandera

Mientras lo miraba, sin embargo, no podía dejar de pensar en otra época. En cuando era chica y cada vez que íbamos a Rosario yo pedía por favor ir al Monumento. Mi mamá me decía siempre lo mismo: “Pero ya fuimos, ya lo conocés”. Y yo insistía. No importaba que ya hubiera estado ahí. A mí me encantaba y quería volver.

Propileo Monumento a la bandera

Hoy, tantos años después, entiendo un poco mejor qué era lo que me fascinaba de aquel lugar, aunque algunas de aquellas sensaciones siguen siendo difíciles de explicar. Recuerdo la sala de las banderas, la alfombra roja y cada una de las vidrieras con las banderas de América, su flor nacional, su pequeño recipiente con tierra y el himno. Y al final, la bandera argentina, ocupando el lugar central y llevándose toda la atención. Para una nena de seis años era un mundo entero para mirar y descubrir.

También estaban las escalinatas. Uy, cómo me gustaba correr por ahí! Subirlas era casi parte de la visita y todavía hoy, cuando las veo, puedo imaginar aquella carrera de una nena que probablemente tenía bastante menos paciencia que su mamá.

Las escalinatas llevan al Propileo, donde está la llama votiva en homenaje al soldado desconocido, y ahí aparece otro de esos recuerdos que quedaron guardados quién sabe por qué. Yo siempre me preguntaba cómo hacían para que esa llama estuviera encendida todo el tiempo. Preguntas infantiles que parecían enormes y que, en ese momento, necesitaban una respuesta.

La cripta, la torre y aquella Rosario que veía desde arriba

La cripta era otra historia. Hay algo solemne en ese espacio, y la enorme escultura de Manuel Belgrano sentado, como custodiando su creación, todavía impone respeto y silencio. Allí también estaba el ascensor que llevaba a la torre y, si había algo que me encantaba, era subir.

Desde arriba podía ver el río, los barcos y las islas. Rosario, además, era otra ciudad. No tenía la cantidad de edificios que tiene hoy y aquella posibilidad de mirar todo desde semejante altura era, para mí, una verdadera aventura. No necesitaba entender de arquitectura ni conocer la historia del Monumento para sentir que estaba frente a algo especial. Simplemente me sorprendía.

Mirador Monumento a la bandera

Durante mucho tiempo escuché decir que el Monumento tenía forma de barco. La verdad es que cuando era chica no conseguía verlo. Hoy, en cambio, las imágenes tomadas desde drones permiten descubrirlo enseguida: un barco con la proa apuntando hacia el Paraná. Incluso en los últimos años aparecieron animaciones realizadas con inteligencia artificial que juegan con esa idea y lo muestran navegando sobre el río.

Y quizás ahí también haya algo interesante: muchas veces un lugar cambia cuando cambia nuestra manera de mirarlo. El Monumento siempre tuvo esa forma. Lo que cambió fui yo.

Volver a mirar con los ojos de aquella niña

Por eso, mientras esta semana veía toda esa puesta en escena alrededor del Monumento, me pasó algo curioso. Por un momento no lo vi solamente como el Monumento a la Bandera, ni como uno de los símbolos más reconocibles de Rosario. Lo volví a mirar con los ojos de aquella nena que pedía volver aunque ya hubiera ido, que corría por las escalinatas, que quería subir otra vez a la torre y que se preguntaba cómo podían mantener encendida aquella llama.

Llama Monumento a la bandera

Y pensé en eso que tienen algunos lugares de nuestra historia.

Pasa el tiempo, cambia la ciudad, cambiamos nosotros, aparecen edificios donde antes no los había, conocemos otros lugares, viajamos más lejos y acumulamos nuevas experiencias. Sin embargo, hay sitios que parecen guardar intacta una pequeña parte de quienes fuimos.

El Monumento es uno de esos lugares para mí.

Más o menos una vez por semana tengo la suerte de pasar frente a él. Y si voy con tiempo, me gusta parar en la costanera, sentarme un rato, tomar unos mates ahí enfrente y simplemente mirarlo. Ya no lo miro con la sorpresa de aquella nena que descubría por primera vez la sala de las banderas o subía a la torre para ver Rosario desde arriba, pero hay algo de aquella mirada que todavía está.

Y eso me gusta.

Me gusta pensar que después de tantos años, después de haber conocido tantos lugares y de haber viajado tanto, todavía hay algo que consigue asombrarme en un sitio que forma parte de mi paisaje cotidiano.

Quizás eso sea también viajar: volver a mirar lo conocido y descubrir que todavía puede decirnos algo nuevo.

Y ahora quiero preguntarte algo

Hay algún monumento, algún lugar de tu ciudad o de algún viaje que te haya sorprendido de chico y que todavía hoy, cuando volvés a verlo, te haga sentir algo de aquello?

A mí me sigue pasando cada vez que paro frente al Monumento a la Bandera. Quizás por eso, aunque ya lo conozca de memoria, todavía me gusta volver a mirarlo.

Como aquella niña de seis años.

Si querés visitar el Monumento Nacional a la Bandera

El Monumento está ubicado frente al río Paraná. Google Maps

Sala de las banderas

La visita permite conocer distintos espacios del conjunto monumental, entre ellos la Galería de Honor de las Banderas de América, la Cripta de Belgrano y el mirador de la torre.

Galería de Honor de las Banderas de América : abre los lunes y días posteriores a feriados de 13 a 18 y de martes a domingo de 9 a 18.

La Cripta de Belgrano funciona de lunes a viernes de 13 a 18 y los fines de semana y feriados de 9 a 18.

El ascenso al mirador está habilitado de lunes a viernes de 13 a 18 y los sábados, domingos y feriados de 9 a 13 y de 14 a 18. La entrada para subir al mirador tiene un costo informado actualmente de $2.000 y la venta finaliza 30 minutos antes del cierre.

También hay visitas guiadas gratuitas. Los miércoles y viernes se realizan a las 11:30, solicitando el guía en la Galería de Honor de las Banderas de América. Los sábados a las 10 hay un recorrido por el centro histórico y el Monumento, con encuentro en el Museo Estévez, mientras que los domingos a las 11 el punto de encuentro es nuevamente la Galería de las Banderas.

Los horarios y las condiciones de visita pueden modificarse, especialmente porque actualmente se están realizando trabajos de restauración y puesta en valor en algunos sectores del Monumento, por lo que siempre conviene consultar la información oficial antes de organizar la visita.

Podes escuchar Mi Diario de Ruta desde aquí

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